Maloyá y colonialismo musical

1961, Francia prohíbe el maloyá, la música propia de la isla de la Reunión ¿Cómo? ¿No es Francia eso de la libertad, la igualdad y una tetilla al aire? A ver… ¿no fue en los 60 lo de la eclosión de la música popular?

El ilustre senador de los esclavos unidos (USA), Joseph McCarthy, que como por casualidad es también protagonista de la historia, puede darnos alguna pista. A saber, famoso por sus prominentes cejas y su radical política de “caza de brujas (comunistas)”, elevada a doctrina, la que fue remasterizada por los gobiernos noecolonilistas franceses que bailaban desde hace ya un rato al son del amigo americano.

Si aplicamos la teoría de los seis grados de separación1 que dice que cualquier individuo está conectado a otro en seis pasos (menuda basura), para unir al senador McCarthy y un músico de maloyá, nos bastarán solamente tres. Quién o qué puso en relación la vida de estos dos seres humanos, me pregunto. Pues bien no pudo ser otro que el mismísimo satanás, que en aquella época era el partido comunista o cualquiera de sus militantes.

Corrían los años 50 y en occidente se empezó a considerar al comunismo como una especie de demonio que poseía a los ciudadanos, un virus, una plaga, algo que los convertía en una amenaza. En aquella época llamaban comunista a lo que hoy en la CNN dicen terrorista. En el caso de la Reunión los infectados del Partido Comunista de la Reunión, luchaban por defender la cultura reunionesa, la lengua kréol, la música local e incluso algunos se atrevían a reivindicar la descolonización de la isla.

El escenario no era propicio, en 1960 la práctica totalidad de las colonias francesas en África obtienen su “independencia”, la guerra de Argelia estaba en pleno apogeo, con lo que no es de extrañar que a otro gran estadista de le época, el primer ministro francés Michel Debrè, se le ocurriera firmar a toda prisa una ley que tenía como objetivo mitigar cualquier “riesgo de tempestad” independentista en la Reunión2.

Resultado: macarcismo tropical. Represión neocolonial e implantación de medidas de dependencia hacia la metrópolis: persecución de activistas, deportación de funcionarios instigadores, estado policial, depredación cultural y mediática francesa. En 1961 se implanta la ordenanza Debrè que entre otras cosas prohibía de manera explícita el maloya, en la calle, en la radio y en la televisión, claro. Y como ninguna desgracia llega sola, ese mismo año se inaugura el primer centro comercial de la isla3.

El colonialismo musical consiste en la apropiación de los bienes culturales de pueblos explotados, arguyendo “descubrir” la música autóctona, para apoderarse de ella y devolverla desvirtuada, propiciando así un empobrecimiento del legado cultural de dicho pueblo y una perdida de identidad. Además, la metrópolis pretende vender de vuelta ese nuevo producto devaluado del que no pagó ni un céntimo por la inspiración. En el caso del maloyá se optó por la prohibición. Relegado a la clandestinidad hasta 1981, se convirtió en el vehículo de la resistencia contra la asimilación.

Durante los años 60 y 70 la industria musical apoyó cualquier grupo de la Reunión que no sonara a maloyá. Guitarras eléctricas, baterías, rock, pop, … todo menos lo de allí. Pero poco a poco muchos artistas empezaron a escarbar en la tierra y afloraron ritmos (la rosée si feuilles songes) y letras (mele mele pa twé ti pierre) que evocaban una realidad más próxima. Alain Peters, Hervé Imare, Luc Donat, encabezaron una revolución musical y recuperaron el gusto por los viejos y auténticos maloyamen como Gramoun Bébé. Uno de los himnos, Rest’ là Maloya, de Alain Peters, es batante explicito en sus términos: quédate maloyá.

El maloyá es como el resto de músicas del mundo, el medio más sofisticado que tiene el hombre para conectarse con lo trascendental, junto con la contemplación de la naturaleza y la ingestión de ciertas substancias.

En la Reunión, es la música que acompaña el ritual kabaré y en su forma tradicional, una invocación a los ancestros que ha de interpretarse de manera precisa. Para contactar con los espíritus hay que ofrecerles algo puro, la substancia que se destila en el fondo de un corazón, el fonnkèr (textualmente, fondo-del-corazón). Las almas de los espíritus « están lejos. Solo vienen si les cantas bien, de esa manera que duele. Si cantas un fonnkèr ahí donde duele,[…]entonces vienen»4. Lo Row Kaf o Gramoun Bébé son exponentes de ese primogénito estilo y Danyel Waro una de las proyecciones que llega a nuestros días.

Tarde borrascosa, bruma en los árboles, el camino está enfangado y en el centro del campamento, bajo un toldo, se reúnen los músicos. El cabecilla, entona en solitario un largo y melodioso lamento, le pléré, el llanto. Con todas sus fuerzas dirige su súplica a los ancestros. Cuando concluye la invocación las percusiones descargan una pulsación atávica, le kassé y todos se encabalgan en sus instrumentos con desenfreno. Durante el desarrollo de la plegaria la primera voz llama y los músicos responden en coro, y así todos ellos, agitándose frenéticos, entran en trance, salvajes como un ciclón que se abate sobre la costa.

 

  1. D J Watts, Six Degrees, The Science of Connected Age. Norton. NY. 2003
  2. http://www.tikreol.re/repression-coloniale-a-la-reunion-lordonnance-debre-du-15-octobre-1960/
  3. http://www.mi-aime-a-ou.com/histoire_annee_1961.php
  4. Benjamin Lagarde, Gramoun Bébé, le maloya kabaré, Cahiers d’ethnomusicologie. 2005

 

 

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